Vendimia de 2026: una cosecha modesta, una uva excepcional — gracias a la madre naturaleza

Septiembre llega a su fin en Genté, y con él la mayor parte de nuestra vendimia de 2026. El balance se resume en dos frases: la cantidad ha sido modesta, marcada por un nuevo año de sequía, pero las uvas son suculentas y su sabor, excepcional. Así que le damos las gracias a la madre naturaleza y nos ponemos de nuevo manos a la obra: ayudar a la viña y a los microorganismos de nuestros suelos a superar mejor los veranos que se avecinan.
Septiembre llega a su fin en Genté, y con él la mayor parte de nuestra vendimia de 2026. Es hora de hacer balance, y este se resume en dos frases: la cosecha ha sido muy mediocre en cuanto a cantidad, y, sin embargo, no cambiaríamos esta añada por ninguna otra: las uvas son suculentas, la calidad está ahí y el sabor es excepcional. Nuevo episodio de nuestro Diario de la Viña, entre gratitud y promesa.
Lo esencial
- La cosecha de 2026 es modesta en volumen: la sequía ha vuelto a afectar a los viñedos, desde la primavera hasta la vendimia.
- Pero la calidad es excepcional: bayas doradas y concentradas, un mosto de una exquisitez poco común. Cuando la viña da menos uvas, lo da todo a las que quedan.
- Damos las gracias a la madre naturaleza: la acompañamos durante todo el año, pero es ella quien decide —y este año, una vez más, ha cumplido su palabra en lo esencial.
- Ya hemos puesto en marcha los siguientes pasos: redoblar nuestra investigación para ayudar a la viña y a los microorganismos del suelo a luchar contra la sequía, proteger las hojas y las bayas de las quemaduras y mantener unos suelos vivos que retengan el agua.
Gracias, Madre Naturaleza
Podríamos comenzar este balance con cifras. Preferimos empezar con un «gracias». Porque un año como 2026 —un verano abrasador, lluvias escasas, suelos puestos a prueba— nos recuerda una verdad que nuestro oficio nunca debe olvidar: nosotros no fabricamos la uva. Preparamos la viña, la observamos, la cuidamos sin ningún producto químico sintético, pero la última palabra la tiene siempre la naturaleza.
Este año, nos ha dado menos… y nos ha dado mejor. La cosecha ha sido muy moderada en cuanto a cantidad: menos racimos, bayas más pequeñas, y un mosto que se ha hecho esperar en la prensa. Es el precio de una temporada seca. Pero lo que la viña ha llevado hasta el final, lo ha cuidado con esmero.
Menos uvas, pero ¡qué uvas!

Fíjate en esta baya, recogida de la hilera a plena luz: dorada, translúcida, rebosante de jugo. Basta con morderla para comprender la paradoja de esta añada. La pulpa es dulce, la acidez está muy presente —ese equilibrio que llevábamos semanas esperando durante nuestros últimos controles de maduración—, y los aromas tienen una intensidad que las grandes añadas a veces diluyen.
No es casualidad, es un mecanismo que todos los viticultores conocen: cuando la vid da menos racimos, se concentra. La misma savia, la misma luz, el mismo trabajo de las raíces se reparten entre menos bayas. Cada una recibe más. Una cosecha escasa nunca es una buena noticia para las cubas —aunque a menudo lo es para la copa—.
Esas uvas se recolectaron con todas las precauciones que esta añada merecía, incluso retrasando la vendimia a las horas más frescas para preservar su frescura hasta la bodega. De ellas surgirán nuestros vinos de destilación —y los zumos de uva espumosos HoméoJuices— de las próximas temporadas.
Lo que nos enseña la sequía
También hay que afrontar este año tal y como es: la sequía ya no es un accidente, es una tendencia. Veranos más calurosos, lluvias más escasas, hojas y bayas expuestas a auténticas quemaduras solares, suelos que se cierran cuando escasea el agua. Una vid puede soportar un año difícil; es la repetición lo que la desgasta.
Sin embargo, la mejor defensa de la vid no se ve a simple vista. Se desarrolla bajo nuestros pies, en la vida del suelo: los hongos micorrízicos que prolongan las raíces y van a buscar agua allí donde la planta por sí sola nunca llegaría, las bacterias que liberan nutrientes, los gusanos y los insectos que airean la tierra y la ayudan a absorber cada lluvia en lugar de dejar que se escurra. Un suelo vivo es una esponja y una despensa. Un suelo muerto no es más que una superficie.
Esa es la lógica de nuestro método desde el primer día: no esterilizar nunca ese mundo con moléculas sintéticas, porque es él quien sustentará la viña en los años de sequía.
Redoblar nuestra investigación
Así pues, esta es nuestra promesa al finalizar la vendimia: vamos a redoblar nuestros esfuerzos de investigación para llegar más lejos. Llegar más lejos en el cuidado de la vid y de sus microorganismos, para ayudarla a luchar contra la sequía; proteger nuestras viñas de las quemaduras y nuestros suelos de la desecación.
En la práctica, esto significa continuar el trabajo iniciado con la holohomeopatía —observar, probar, medir, volver a empezar—, buscar lo que refuerza de forma natural la resistencia de la planta al calor, y todo aquello que mantenga nuestros suelos cubiertos, flexibles y poblados. No pretendemos obligar a la vid a superar los veranos abrasadores: lo que buscamos es darle los medios para hacerlo, con los aliados que siempre ha tenido.
Es un trabajo de paciencia, sin promesas espectaculares. Pero es precisamente ese tipo de paciencia la que, un año más, nos ha dado pequeñas cajas y uvas muy grandes.
La continuación en la bodega
Mientras la viña entra en su letargo, el trabajo cambia de escenario: prensa, fermentaciones y, pronto, los primeros calientes de la destilación de Charente. Os lo contaremos todo aquí, episodio tras episodio.
Y si queréis probar cómo sabe una uva de Grande Champagne cultivada de esta manera, nuestros HoméoJuices os esperan: la añada embotellada, sin artificios.
Flavie & Virgile · Domaine de Genté